lunes, 26 de enero de 2026

Mark Twain La gran novela americana

 



Edición de Tom Sawyer en la Colección Laurín, de AnayaAl contrario que otros autores «devorados» por la fama de un personaje famoso, el nombre de Mark Twain ha sido recordado siempre por todas las generaciones de lectores que han crecido con sus novelas. Es más, para tratarse de un novelista cuyas obras suelen encontrarse en los catálogos de la llamada literatura juvenil, misteriosamente ha conseguido escapar a tan reductora etiqueta: Twain sigue siendo leído en la edad adulta. La clave, quizá, está en que es un escritor asociado a una etiqueta que, esta sí, otorga carta de naturaleza para mayores: la crítica acerada de la estupidez humana a través del humor. Y es irónico, porque su categoría narrativa es inferior a muchos otros autores que siguen encasillados, de Emilio Salgari a Julio Verne pasando por Henry Rider Haggard. Pongo un ejemplo: ninguno de los anteriores ha merecido una edición en la colección Letras Universales de Cátedra, que para mí, desde muy corta edad (y gracias a sus cuidados estudios previos y notas a pie de página), siempre ha sido la que otorga patentes de literatura seria; Twain sí, y en más de una ocasión. No es cuestión, sin embargo, de ponerse quisquillosos: aunque las relecturas suelen jugarle a Twain una mala pasada —y precisamente porque es un escritor que, en general, carece de aquello que distingue a los grandes de la literatura «juvenil»: el pulso narrativo—, sí es evidente que su literatura posee algo que obliga, precisamente, a releerlo. Tom Sawyer, Huckleberry Finn, el príncipe y el mendigo que intercambiaron sus posiciones o el yanqui que hizo realidad nuestro sueño de viajar a la corte del rey Arturo habitarán siempre nuestra memoria. De los primeros voy a hablar en este artículo.

La creación más famosa de Twain sigue siendo Tom Sawyer, ese niño de eternos doce años que vive en San Petersburgo, no la antigua capital de los zares, claro, sino una pequeña población a orillas del Padre de Todas las Aguas, es decir, el río Mississippi. Twain lo dio a conocer en el año 1876, cuando él mismo acababa de rebasar esa barrera tan simbólica que son los cuarenta años, a partir de los cuales (al menos hoy) se suele considerar que se entra definitivamente en eso que llamamos madurez. Es buen momento, puede decirse, para echar la vista atrás, a ese territorio que, por mucho que nos alejemos geográficamente de él, en el fondo nunca llegamos a abandonar del todo, y al que, en sueños, solemos regresar unas cuantas veces: la infancia.

En el proemio a su novela, el mismo Twain señala que tanto la mayor parte de las aventuras como los personajes principales de su libro están basados en la realidad. El niño bautizado como Samuel Langhorne Clemens se crió a orillas del mismo río que sus personajes más famosos, en un pueblecito del estado de Missouri llamado Hannibal, que sería transmutado en su famoso San Petersburgo. Como bien se sabe, el seudónimo que lo haría inmortal no es sino una de las expresiones de la jerga de la navegación fluvial de ese río que era el grito mediante el cual el sondador indicaba que la profundidad alcanzaba dos brazas (la marca dosmark twain), la ideal para esos barcos de vapor de ruedas que constituyen la imagen visual asociada indeleblemente al Mississippi.

La clásica imagen de Mark Twain en su ancianidad con su pelambrera blancaEl hecho que marcó su infancia (mejor dicho, que le puso fin) fue la muerte de su padre, a los doce años, lo que lo obligó a tener que aportar un sueldo a casa. Su primer oficio fue el de aprendiz en una imprenta, entrando así en contacto con el mundo al que luego consagraría su vida. Sin embargo, la poderosa llamada del río fue más fuerte y acabó enrolándose en uno de sus barcos y consiguiendo el título de piloto. La guerra civil puso fin a esta etapa, iniciando unos años de cambios vertiginosos en los que se enrola brevemente como soldado (del Sur, claro: su estado natal era uno de los confederados), participa en la famosa conquista del Oeste, llegando a hacerse buscador de minas y, por último, descubre su talento como periodista. Twain se hará un nombre gracias a las crónicas que envía, como enviado especial, desde los lugares más variopintos y lejanos, destacando en el campo de la literatura de viajes: su libro Inocentes en el extranjero (1867), en el que relata con transgresor desparpajo su recorrido por Europa y el Cercano Oriente, será todo un éxito.

Puede decirse que Mark Twain (como Jack London o Joseph Conrad, aunque a escala más modesta que estos, que vagaron azarosamente por el mundo antes de registrarlo en su literatura) es uno de los escritores cuya formación fue activa antes que lectora (a diferencia, por ejemplo, de Salgari o Verne). Es a partir de 1870, al alcanzar la estabilidad profesional, cuando instala sus cuarteles en la acomodada Nueva Inglaterra y se convierte en un evocador de sus viejos días en un río junto al cual ya nunca volverá a vivir.

Las aventuras de Tom Sawyer es su primera novela (hasta ese momento, dentro del campo de la ficción, solo había escrito cuentos), y en el formato de la narración larga es donde el escritor descubriría una nueva y fértil tierra por explorar. Twain se sitúa en torno a 1840 y relata la vida cotidiana (para su protagonista, sus «aventuras») de un niño de doce años, huérfano, que vive en compañía de su tía Polly, su hermanastro Sid (a quien le toca el ingrato papel de niño repelente) y su prima Mary. El escenario donde viven es un pueblecito, San Petersburgo, tan pequeñito que parece que en dos pasos sus habitantes ya se encuentran en la naturaleza: sobre todo, en ese río que es marco de sus principales andanzas. Los personajes secundarios están todos subordinados, claro, a Tom, y entre ellos ya figura el paria oficial de la chavalería del lugar, Huckleberry Finn, a quien todos los demás niños envidian porque vive con total libertad (es decir, medio abandonado: su padre es el borracho del pueblo), sin tener que ir a la escuela y fumando cuanto quiere.

Ilustración de True Williams para el frontispicio de la primera edición de Las aventuras de Tom SawyerLa trama es un conjunto de pequeñas situaciones en que el niño hace honor a la consideración que su tía Polly tiene de él como un auténtico diablillo: el modo en que resuelve algún castigo (el famoso episodio inicial de la valla que su tía Polly le obliga a pintar y cuya ejecución endosa a todos sus amigos por el sencillo medio de fingir que su realización es una tarea apasionante); travesuras revestidas bajo el honorable epíteto de aventura (los días que él y varios de sus amigos pasan en una isla del río, unas pocas millas al sur del pueblo, donde los dan por desaparecidos y muertos, hasta su resurrección final en su propia misa de difuntos); las tribulaciones románticas que atraviesa para conquistar el corazón de Becky Thatcher… Como nudo conductor que puntea la trama de principio a fin hay una leve intriga casi policiaca que gira en torno a un asesinato que presencian los niños en el cementerio local y cuyo protagonista, el Indio Joe, se convierte en su constante pesadilla (Twain, por cierto, le reserva una muerte terrible, atrapado y reducido por hambre en la cueva donde se esconde el tesoro que convierte, al final de la novela, a los niños Tom y Huck en ricos, haciendo por una vez realidad la fantasía).

Uno de las sensaciones más gratas que me ha deparado la relectura del libro ha sido la confirmación de que Tom Sawyer es el evidente modelo de un personaje mucho mejor, el inmortal aunque mucho menos recordado Guillermo Brown que creara la gran Richmal Crompton. En Tom ya se agazapa nuestro Guillermo: en ambos están por igual la capacidad natural para el liderazgo de sus iguales (y que se basa no ya en su firme voluntad e inteligencia natural, sino ante todo, en su capacidad para ficcionalizar con convicción la realidad), su alergia a las instituciones que han inventado los adultos solo para reprimir a los niños (la escuela, claro, pero también ese engendro tan ajeno a la cultura católica que es la escuela dominical, que tortura a Tom y, más de medio siglo después y a un océano de distancia, al mismo Guillermo), la inclinación nata por complicar cualquier situación cotidiana para convertirla en una aventura, la condición enamoradiza que es perfectamente compatible con la indiferencia viril (si bien, en este sentido, Tom es mucho más blando que Guillermo: este nunca hubiera permitido que una niña como Becky Thatcher perturbara más de unos días todo su mundo), el gusto por las novelas baratas de acción que luego se empeñan en reproducir en la realidad… Sobre todo, y este es para mí el mayor acierto de Twain, en la novela se encuentra el descubrimiento de esa forma particular de razonar que tienen los niños, y que convierte su lenguaje en único, espontáneo, irresistible.

Las aventuras de Tom Sawyer, sin embargo, es un libro muy irregular: incluso, en más páginas de la cuenta, discreto. Las mejores son aquellas en las que Twain consigue traducir la magia cotidiana (aunque sus protagonistas casi nunca se den cuenta) que poseen esos momentos de la infancia en que no parece que esté pasando nada, o que directamente estén capeando como pueden momentos de franco aburrimiento. A este respecto, destacan el regocijante capítulo V de la novela, con la asistencia de Tom a la Iglesia o los episodios que transcurren en la escuela. Por desgracia, en muchas ocasiones la novela se lee por pura inercia, sin que interese gran cosa lo que sucede en sus páginas. Si Twain acierta rotundamente cuando hace hablar a sus niños, su voz adulta (el relato está escrito en tercera persona) subraya más de la cuenta: por ejemplo, la insistencia en dejar bien claro que la gracia de cualquier tentación, a ojos de un niño, se pierde cuando deja de estar nimbada por la aureola de lo prohibido.

Casi desde el primer momento, Twain decidió hacer una continuación de su libro (de hecho, modificó su final y señaló claramente en sus últimas líneas que algún día valdría la pena reanudar la crónica de sus personajes. La redacción del libro le llevó muchos años, abandonándolo y retornando a él, escribiendo unos cuantos más en el entretanto (por ejemplo, El príncipe y el mendigo, de 1881).

Edición de Huckleberry Finn en Cátedra Letras UniversalesFinalmente, en 1884 dio a la imprenta Las aventuras de Huckleberry Finn, la novela que hoy se considera, y con toda la razón del mundo, su mejor obra. Por desgracia, la corrección política que ha invadido el mundo desde los Estados Unidos se ha empeñado, en las últimas décadas, en intentar silenciarla o, incluso, transformarla. El problema es su visión racial del mundo: Twain, como es lógico, recoge la perspectiva de un niño que vive en el racista Sur y está acostumbrado a ver a los negros, en el mejor de los casos, bajo un paternalismo condescendiente que considera natural. En particular, molesta a los paladares delicados de nuestro tiempo el uso continuo por parte de los personajes del término negger, entonces cotidiano y hoy, claro, despreciativo, que algún inquisidor dispuesto a hacer realidad la pesadilla orwelliana ha propuesto cambiar en las modernas ediciones del libro.

Y es absurdo, porque Huckleberry Finn no es, ni mucho menos, una novela racista, aunque sí deje bien claro cómo era el mundo racista en que se mueven sus protagonistas (y que es el de la infancia del mismo Twain: como suele suceder, los malos lectores tienden a considerar que las ideas que expresan sus personajes se corresponden exactamente con las de su autor). Por otro lado, tampoco quiero que me tomen por uno de esos superficiales hooligans de un gran creador que se empeñan en ignorar —o dulcificar comprensivamente lo que en otros se rechaza con el ceño adusto— los rasgos que el tiempo ha convertido en más negativos de sus ídolos. Es evidente que Twain es un producto natural de su época, y como mucho, la visión que da de ese conflicto racial que todavía sigue tan presente en la realidad social estadounidense está bañada de sentimentalismo paternal: otra cosa hubiera sido un anacronismo.

Las aventuras de Huckleberry Finn, sí es, y ya sin la menor duda, una denuncia de la mezquindad humana, por lo común asociada a la estupidez (la bestia negra por excelencia del escritor, que a lo largo de toda su vida hizo blanco de ella, con deleite pero también con amargura, conocedor de lo imposible de su erradicación). Al mismo tiempo, es una bella crónica del camino hacia la luz interior por parte de un muchacho que, debido a las penosas condiciones de su vida (es un claro marginal que se resiste a los deseos de la buena sociedad por llevarlo a la senda de las virtudes cristianas), amenaza con crecer y convertirse en uno de esos embrutecidos ejemplares del «pueblo» de los que tanto abominó Twain. Y es, como muchos críticos han señalado con perspicacia, una fenomenal novela picaresca, que sin duda los lectores españoles sentimos muy cercana por razones evidentes.

El primer acierto de Twain radica en una doble decisión: el cambio de protagonista (Huck Finn, personaje secundario en Tom Sawyer, incluso comparsa al lado de éste) y de punto de vista (la novela está contada en primera persona). En cuanto a lo primero, las características de Huck dan pie a un personaje mucho más rico e interesante, entre otras razones por carecer de ese absolutismo que a ratos tanto perjudicaba a Tom. Por otro lado, el punto de vista protege al autor de la redundante intervención personal en la narración, al tiempo que demuestra su habilidad para un registro que reproduce con brillantez: la forma de hablar y pensar de un muchacho de escasa formación pero inteligencia instintiva. De hecho, el triunfo de Twain, lo que otorga a la novela y al personaje su imborrable densidad humana es la forma en que —recordando a otros admirables creadores (como el gran director de cine John Ford) que eran capaces de describir psicologías sencillas sin paternalismo y consiguiendo además el difícil arte de demostrar que la complejidad no depende de la complicación— sabe mantenerse en todo momento dentro de la perspectiva mental de su protagonista, sin intentar condicionarla nunca. No en vano lo que distingue a un buen escritor de otro malo es la completa comprensión de su propio personaje y de cómo se ha de comportar en todo momento según las cualidades que él mismo le ha otorgado: en esto, Huckleberry Finn es una obra maestra.

Huck Finn, ilustrado por E. W. Kemble para la primera edición de la novelaEl nudo argumental de la novela versa en torno a la fuga/viaje que, a bordo de una balsa, realizan por el Mississippi, el muchacho Huck y un esclavo negro, Jim, que ante la perspectiva de ser vendido por su ama emprende la fuga hacia los estados del norte. Tres son, por tanto, los personajes centrales: el niño, el adulto (caracterizado por Twain según el modelo que todos hemos aprendido de Lo que el viento se llevó, es decir, como un niño grande) y el río, a quien el autor rinde verdadero homenaje en páginas de un lirismo nada meloso, revelando tanto su amor como el profundo conocimiento de sus características: de sus paisajes, de sus colores, de sus ruidos, de sus silencios también. Durante ese viaje son múltiples las peripecias que viven, pero en especial son importantes las que sufren bajo la impuesta compañía de dos trapisondistas sin escrúpulos que, para recibir trato de favor por parte de los dueños de esa balsa que tan generosamente los han acogido, alegan ser un duque y un rey (el segundo, para superar el embuste del otro, que habló en primer lugar, declara ser nada menos que el mismísimo Luis XVII, el hijo del monarca ajusticiado durante la Revolución Francesa, que murió en prisión).

Al contrario que su amigo Tom, Huck Finn es un niño que no necesita confundir la ficción con la realidad, es decir, novelar esta, lo que no quiere decir que no sepa que hay momentos en que es conveniente hacerlo: a lo largo del viaje, en muchas ocasiones tiene que fingir otra identidad (lo cual no se le da del todo bien: su primera suplantación, nada menos que de una niña, es desastrosa). Como señalaba, Huck es un marginal cuyo único deseo en la vida es preservar justo lo que esa condición de paria le concede de sobras: la libertad para hacer lo que le viene en gana sin tener que sufrir las encorsetadas reglas de los adultos.

No se olvide que, en el final de Tom Sawyer, y gracias al descubrimiento del famoso tesoro, Huck se convertía en un niño de posibles y, en consonancia, era adoptado por la ricachona del pueblo, la bienpensante viuda Douglas, cuyo único pensamiento desde ese momento, para horror del muchacho, es «domesticarlo» y convertirlo en un hombrecito de pro. Precisamente, el motor dramático de la historia gira en torno al conflicto entre civilización (en el sentido de regulación de la vida bajo unas normas no solo legales sino, ante todo, morales) y libertad (que, en el libro, encarna no solo el protagonista sino también los desagradables pícaros que se unen en su viaje). La hondura del libro se encuentra en el mágico descubrimiento que hace Huck: civilizarse, esto es, sustituir el egoísmo que nos viene dado de naturaleza por la comprensión del otro (en este caso, el esclavo Jim), y la necesidad de la convivencia en pie de igualdad, es un proceso ante todo interior sin el cual la otra civilización, la «exterior», la que recibe el rimbombante nombre de sociedad, es una mera fachada.

Es verdad que Twain está a punto de arruinar su novela con su casi desastroso giro final, que coincide con la aparición en escena del mismísimo Tom Sawyer. Es como si el escritor se diera cuenta entonces de que tal vez el lector del libro pueda reprocharle que, si lo ha comprado, es porque esperaba hallarse con el protagonista de la anterior aventura, a fin de cuentas su principal reclamo, y ahora lo mete casi con calzador. Encima, la presencia de Tom reclama cederle el rol de protagonista, y de modo muy fastidioso, por cuanto se subraya la condición fabulista del personaje imponiendo ahora a la aventura real una «aventura» fingida que, de modo muy cansino, por momentos incluso absurdo, dilata durante varias semanas la liberación del negro Jim, que podía haberse resuelto (según el «método Huck Finn») a una noche. Atribuyendo a Twain unas sarcásticas intenciones reflexivas que no creo que estuvieran en su mente, casi podríamos decir que, mediante esta egocéntrica invasión por parte de Tom en una novela que le era ajena, el mismo autor nos está indicando cuál es es el personaje verdaderamente auténtico. No en vano el mismo Huck asiste con gran escepticismo a esta gigantesca farsa que Tom (eso sí, con su convicción habitual) pone en marcha.

Como sucedía en Tom Sawyer, Twain incurre en un exceso de blandura en su conclusión: no solo todo le sale bien a los muchachos, sino que resulta que la dueña del propio Jim hace meses que le concedió la libertad, lo cual, evidentemente, trivializa un tanto el rico proceso interior vivido por la pareja protagonista. Aun así, Las aventuras de Huckleberry Finn posee una inolvidable hondura humanista y es tan divertida (los diálogos entre Huck y Jim son sencillamente hilarantes) que justifica el enorme cariño que, aun en sus momentos menos afortunados, no podemos evitar sentir por Mark Twain y sus personajes.

Poster de la estimable versión de Huckleberry Finn realizada por Michael Curtiz en 1960



Fragmentos


Las aventuras de Tom Sawyer (fragmento)

Obra: Las aventuras de Tom Sawyer   1876

Autor: Mark Twain


Poco después se encontró Tom con el paria infantil de aquellos contornos, Huckleberry Finn, hijo del borracho del pueblo. Huckleberry era cordialmente aborrecido y temido por todas las madres, porque era holgazán, y desobediente, y ordinario, y malo..., y porque los hijos de todas ellas lo admiraban tanto y se deleitaban en su velada compañía y sentían no atreverse a ser como él. Tom se parecía a todos los muchachos decentes en que envidiaba a Huckleberry su no disimulada condición de abandonado y en que había recibido órdenes terminantes de no jugar con él. Por eso jugaba con él en cuanto tenía ocasión. Huckleberry andaba siempre vestido con los desechos de gente adulta, y su ropa parecía estar en una perenne floración de jirones, toda llena de flecos y colgajos. El sombrero era una vasta ruina con media ala de menos; la chaqueta, cuando la tenía, le llegaba cerca de los talones; un solo tirante le sujetaba los calzones, cuyo fondillo le colgaba muy abajo, como una bolsa vacía, y eran tan largos que sus bordes deshilachados se arrastraban por el barro cuando no se los remangaba. Huckleberry iba y venía según su santa voluntad. Dormía en los quicios de las puertas en el buen tiempo, y si llovía, en bocoyes vacíos; no tenía que ir a la escuela o a la iglesia y no reconocía amo ni señor ni tenía que obedecer a nadie; podía ir a nadar o de pesca cuando le venía la gana y estarse todo el tiempo que se le antojaba; nadie le impedía andar a cachetes; podía trasnochar cuanto quería; era el primero en ir descalzo en primavera y el último en ponerse zapatos en otoño; no tenía que lavarse nunca ni ponerse ropa limpia; sabía jurar prodigiosamente. En una palabra: todo lo que hace la vida apetecible y deleitosa lo tenía aquel muchacho. Así lo pensaban todos los chicos, acosados, cohibidos, decentes, de San Petersburgo. Tom saludó al romántico proscrito.

- ¡Hola, Huckleberry!

- ¡Hola, tú! Mira a ver si te gusta.

- ¿Qué es lo que tienes?

- Un gato muerto.

- Déjame verlo, Huck. ¡Mira qué tieso está! ¿Dónde lo encontraste?

- Se lo cambié a un chico.

- ¿Qué diste por él?

- Un vale azul y una vejiga que me dieron en el matadero.

- ¿Y de dónde sacaste el vale azul?

- Se lo cambié a Ben Rogers hace dos semanas por un bastón.

- Dime: ¿para qué sirven los gatos muertos, Huck?

- ¿Servir? Para curar verrugas.

La gran novela de aventuras Robinson Crusoe

Novela completa 


Robinson Crusoe






Robinson Crusoe es la obra cumbre de Daniel Defoe, y una de la más reconocidas novelas de aventuras de la literatura universal. Inspirándose en parte en las vivencias del escocés Alexander Selkirk y el español Pedro Serrano, Defoe nos regala al más famoso náufrago de la literatura, padre, cuando no tatarabuelo, de toda una estirpe. 

La novela de Defoe, publicada originalmente en 1719, alcanzó el éxito inmediato gracias a la historia del naufragio y al exotismo que despertó en su momento, pero bajo el trasfondo de la inquietud que está en el hombre de explorar sus límites, y la fantasía de la utopía de vivir en completa libertad, ha conseguido perdurar hasta nuestros días y erigirse como una de las más novelas de aventuras más fascinantes.

 La lucha de un hombre arrojado a una soledad sin respuestas, a un entorno hostil que debe domeñar mediante la técnica y la fuerza de su voluntad para hacer «habitable» y «cómodo» un paraje en principio inhóspito, ha sido vista también como metáfora de la mente occidental y burguesa, del mundo de la técnica. ¿Qué nos hace humanos? ¿La naturaleza de la que provenimos o la técnica con la que intentamos controlarla en nuestro beneficio? 

Es un clásico de aventuras sobre un náufrago inglés que sobrevive más de 28 años en una isla desierta cerca de Venezuela. Tras naufragar, utiliza su ingenio para construir refugio, cultivar alimentos y salvar a un nativo, Viernes, de los caníbales, convirtiéndose en su compañero.

fragmentos




La novela de aventuras  Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe

 PRIMEROS DÍAS EN LA ISLA 

Y ahora que voy a entrar en el melancólico relato de una vida silenciosa, como jamás se ha escuchado en el mundo, comenzaré desde el principio y continuaré en orden. Según mis cálculos, estábamos a 30 de septiembre cuando llegué a esta horrible isla por primera vez […]. Al cabo de diez o doce días en la isla, me di cuenta de que perdería la noción del tiempo por falta de libros, pluma y tinta y que entonces, se me olvidarían incluso los días que había que trabajar y los que había que guardar descanso. Para evitar esto, clavé en la playa un poste en forma de cruz en el que grabé con letras mayúsculas la siguiente inscripción: «Aquí llegué a tierra el 30 de septiembre de 1659». Cada día, hacía una incisión con el cuchillo en el costado del poste; cada siete incisiones hacía una que medía el doble que el resto; y el primer día de cada mes, hacía una marca dos veces más larga que las anteriores. De este modo, llevaba mi calendario, o sea, el cómputo de las semanas, los meses y los años. Hay que observar que, entre las muchas cosas que rescaté del barco, en los muchos viajes que hice, como he mencionado anteriormente, traje varias de poco valor pero no por eso menos útiles; a saber: plumas, tinta y papel de los que había en varios paquetes que pertenecían al capitán; tres o cuatro compases, algunos instrumentos matemáticos, cuadrantes, catalejos, cartas marinas y libros de navegación; todo lo cual había amontonado, por si alguna vez me hacían falta. También encontré tres Biblias muy buenas, que me habían llegado de Inglaterra y había empaquetado con mis cosas, algunos libros en portugués, y otros muchos libros que conservé con gran cuidado. Tampoco debo olvidar que en el barco llevábamos un perro y dos gatos, de cuya eminente historia diré algo en su momento, pues me traje los dos gatos, y el perro saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la orilla, al día siguiente de mi desembarco con el primer cargamento. A partir de entonces, fue mi fiel servidor durante muchos años. Me traía todo lo que yo quería y me hacía compañía; lo único que faltaba era que me hablara pero eso no lo podía hacer. Como dije, había encontrado plumas, tinta y papel, que administré con suma prudencia y puedo demostrar que mientras duró la tinta, apunté las cosas con exactitud. Mas cuando se me acabó, no pude seguir haciéndolo, pues no conseguí producirla de ningún modo.


Naúfrago (te llamaré Wilson)





martes, 20 de enero de 2026

Jane Austen 1775-1817

 

Jane Austen

Orgullo, prejuicio y libertad

Las historias de Jane Austen siguen tan vivas como el primer día. Más que relatos románticos, son una mirada aguda sobre la sociedad, la independencia femenina y los dilemas humanos.

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18 
marzo
2025

En 2025, Jane Austen cumpliría 250 años. Dos siglos y medio después, su obra sigue siendo una de las más influyentes de la literatura mundial. Sin embargo, durante mucho tiempo, se la ha encasillado bajo la etiqueta de «literatura de mujeres». Nada más lejos de la realidad. Nacida en 1775 en Steventon, Inglaterra, Austen creció en un entorno donde las oportunidades de educación y reconocimiento para las mujeres eran limitadas. A pesar de ello, logró publicar seis novelas: Sentido y sensibilidad (1811), Orgullo y prejuicio (1813), Mansfield Park (1814), Emma (1815), La abadía de Northanger (1818, póstuma) y Persuasión (1818, póstuma). Aunque muchas veces han sido catalogadas como «novelas románticas», esta clasificación superficial pasa por alto la riqueza de su análisis social y la aguda inteligencia que impregna cada página.

La autora inglesa escribió sobre mujeres, pero no para encasillarlas en los roles tradicionales de esposas o amas de casa. Al contrario, les dio inteligencia, ambiciones y voluntad propia en una época que las relegaba al segundo plano. La propia Austen escribía en una época en la que las mujeres no eran tomadas en serio como escritoras. Para evitar ser descubierta, solía esconder sus manuscritos bajo un tapete o los guardaba rápidamente cuando alguien entraba en la habitación. Incluso usaba un papel pequeño que podía esconder fácilmente si alguien se acercaba. Esta imagen de la autora escribiendo a escondidas refleja no solo las limitaciones de su época, sino también su determinación por contar sus historias. Gracias a ese afán por escribir, creó personajes femeninos que desafiaban las expectativas de su época.

Para evitar ser descubierta, Austen solía esconder sus manuscritos bajo un tapete

Heroínas inolvidables

Elizabeth Bennet, de Orgullo y prejuicio, es quizá la más icónica de sus protagonistas. Inteligente y dueña de un espíritu indomable, no estaba dispuesta a casarse por conveniencia. Su relación con Mr. Darcy no es la típica historia de amor, sino un proceso de aprendizaje mutuo. Elizabeth desafía las expectativas sociales y defiende su derecho a tomar sus propias decisiones, lo que la convierte en una figura extraordinariamente moderna. En el momento histórico que retrata esta novela, el matrimonio era el destino ineludible de cualquier mujer, pero Elizabeth se permite dudar, cuestionar y, sobre todo, elegir. Paradójicamente, esta novela, hoy considerada una obra maestra, fue rechazada por un editor en 1797 sin siquiera ser leída. Pero Austen no se desanimó y siguió escribiendo, confiando en su talento incluso cuando el mercado aún no estaba preparado para reconocerlo.

Austen era muy cercana a su hermana Cassandra, con quien mantenía una correspondencia constante. Aunque muchas de sus cartas fueron destruidas después de su muerte, las que sobreviven revelan su sentido del humor, su inteligencia y su profundo afecto por su hermana. Esta relación íntima influyó en la forma en que Austen retrató los vínculos familiares en sus novelas. Un claro ejemplo es el retrato de Elinor Dashwood, de Sentido y sensibilidad, que encarna la razón frente a la emotividad de su hermana Marianne. Su historia nos enseña que la inteligencia emocional no está reñida con la contención y que la fortaleza puede residir en el silencio tanto como en la acción. En una época en la que la histeria o la fragilidad se consideraban rasgos intrínsecos de la feminidad, aquí hay una mujer capaz de afrontar la adversidad con madurez y resiliencia.

La independencia que Austen atribuye a sus heroínas también se reflejaba en su propia vida. En 1802 recibió una propuesta de matrimonio de Harris Bigg-Wither, un hombre adinerado que le ofrecía seguridad económica. Aunque inicialmente aceptó, cambió de opinión al día siguiente y rechazó la oferta.

Emma Woodhouse, de Emma, es un personaje en el que la independencia es clave. A diferencia de muchas de sus contemporáneas, no tiene preocupaciones económicas y toma sus propias decisiones, pero su carácter impulsivo y su tendencia a entrometerse en la vida de los demás la llevan a cometer errores. Lo que la hace única dentro del universo de Austen es su capacidad de reconocer sus fallas y evolucionar. La autora no la idealiza, sino que la presenta con una humanidad que la hace profundamente real. Emma se equivoca, se deja llevar por su arrogancia y, sin embargo, aprende, crece y se transforma.

La modernidad de Austen radica en su capacidad para diseccionar las costumbres de su tiempo

Por último, Anne Elliot, de Persuasión, es un personaje marcado por la madurez y la nostalgia. Su historia es la de una segunda oportunidad, la de una mujer que desafía el peso del arrepentimiento y lucha por recuperar el amor que una vez dejó escapar. Es una de las figuras más conmovedoras de Austen, porque su batalla no es contra la sociedad ni contra los prejuicios, sino contra sus propios miedos y dudas. Persuasión nos muestra que la edad, la experiencia y las equivocaciones no deben ser un impedimento para hallar la felicidad.

Austen comenzó a escribir Sanditon, su última novela, en 1817, mientras luchaba contra una enfermedad que finalmente le causó la muerte.

Una voz moderna

La modernidad de Jane Austen no radica solo en la construcción de sus personajes, sino en su capacidad para diseccionar las costumbres de su tiempo con una inteligencia afilada y un humor sutil. A través de su prosa, critica la hipocresía social, la rigidez de las clases y la desigualdad de género sin necesidad de grandes discursos.

Dos siglos después, no es solo una escritora costumbrista ni una simple narradora de historias de amor. Su literatura es un testimonio atemporal de la condición humana, una exploración de las tensiones entre el individuo y la sociedad, y una celebración de la inteligencia, la independencia y la dignidad femenina. Sus historias siguen vivas porque sus preguntas siguen vigentes: ¿hasta qué punto las normas sociales nos condicionan? ¿Es el amor una cuestión de destino o de elección? ¿Dónde radica el verdadero valor de una persona?

"Fueron subiendo por las colinas alborozándose con cada rayo de sol y cada desgarro azul, pensando en los propios pronósticos; y al recibir deliciosamente en sus rostros los soplos vivificantes del claro viento del sudoeste, lamentaron que los temores de su madre y hermana no habían permitido a éstas disfrutar de aquellas sensaciones tan exquisitas.

-¿Existe alguna felicidad en el mundo superior a ésta? -preguntó Marianne-. Margaret, hoy vamos a caminar por lo menos dos horas."


"El aspecto de auel joven era exacto al que su fantasía hubiese podido esbozar para el héroe de una novela, y la manera resuelta, sin perder un segundo, con que la había llevado a casa, tan desprovista de formalidades y ceremonias, revelaba rapidez de reflejos y resolución. Cuanto se relacionaba con él resultaba interesante. El nombre era agradable, su casa quedaba en el pueblo favorito de ella, y no tardó en decidir que, de todas las indumentarias masculinas, la chaqueta de caza era la más atractiva."


"Marianne comenzó a darse cuenta de que su desesperanza de los dieciséis años, respecto a hallar un hombre que colmase sus ideas sobre la perfección masculina, había sido ligera e infundada.Willoughby le ofrecío ahora cuanto su imaginación soñara en otros momentos más optimistas, como capaz de engendrar en ella un verdadero afecto; y la conducta de él anunciaba tanta seriedad en sus deseos como autenticidad en sus dotes."


                   Sentido y sensibilidad