Robinson Crusoe
Robinson Crusoe es la obra cumbre de Daniel Defoe, y una de la más reconocidas novelas de aventuras de la literatura universal. Inspirándose en parte en las vivencias del escocés Alexander Selkirk y el español Pedro Serrano, Defoe nos regala al más famoso náufrago de la literatura, padre, cuando no tatarabuelo, de toda una estirpe.
La novela de Defoe, publicada originalmente en 1719, alcanzó el éxito inmediato gracias a la historia del naufragio y al exotismo que despertó en su momento, pero bajo el trasfondo de la inquietud que está en el hombre de explorar sus límites, y la fantasía de la utopía de vivir en completa libertad, ha conseguido perdurar hasta nuestros días y erigirse como una de las más novelas de aventuras más fascinantes.
La lucha de un hombre arrojado a una soledad sin respuestas, a un entorno hostil que debe domeñar mediante la técnica y la fuerza de su voluntad para hacer «habitable» y «cómodo» un paraje en principio inhóspito, ha sido vista también como metáfora de la mente occidental y burguesa, del mundo de la técnica. ¿Qué nos hace humanos? ¿La naturaleza de la que provenimos o la técnica con la que intentamos controlarla en nuestro beneficio?
Es un clásico de aventuras sobre un náufrago inglés que sobrevive más de 28 años en una isla desierta cerca de Venezuela. Tras naufragar, utiliza su ingenio para construir refugio, cultivar alimentos y salvar a un nativo, Viernes, de los caníbales, convirtiéndose en su compañero.
La novela de aventuras Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe
PRIMEROS DÍAS EN LA ISLA
Y ahora que voy a entrar en el melancólico relato de una vida silenciosa, como jamás se ha escuchado en el mundo, comenzaré desde el principio y continuaré en orden. Según mis cálculos, estábamos a 30 de septiembre cuando llegué a esta horrible isla por primera vez […]. Al cabo de diez o doce días en la isla, me di cuenta de que perdería la noción del tiempo por falta de libros, pluma y tinta y que entonces, se me olvidarían incluso los días que había que trabajar y los que había que guardar descanso. Para evitar esto, clavé en la playa un poste en forma de cruz en el que grabé con letras mayúsculas la siguiente inscripción: «Aquí llegué a tierra el 30 de septiembre de 1659». Cada día, hacía una incisión con el cuchillo en el costado del poste; cada siete incisiones hacía una que medía el doble que el resto; y el primer día de cada mes, hacía una marca dos veces más larga que las anteriores. De este modo, llevaba mi calendario, o sea, el cómputo de las semanas, los meses y los años. Hay que observar que, entre las muchas cosas que rescaté del barco, en los muchos viajes que hice, como he mencionado anteriormente, traje varias de poco valor pero no por eso menos útiles; a saber: plumas, tinta y papel de los que había en varios paquetes que pertenecían al capitán; tres o cuatro compases, algunos instrumentos matemáticos, cuadrantes, catalejos, cartas marinas y libros de navegación; todo lo cual había amontonado, por si alguna vez me hacían falta. También encontré tres Biblias muy buenas, que me habían llegado de Inglaterra y había empaquetado con mis cosas, algunos libros en portugués, y otros muchos libros que conservé con gran cuidado. Tampoco debo olvidar que en el barco llevábamos un perro y dos gatos, de cuya eminente historia diré algo en su momento, pues me traje los dos gatos, y el perro saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la orilla, al día siguiente de mi desembarco con el primer cargamento. A partir de entonces, fue mi fiel servidor durante muchos años. Me traía todo lo que yo quería y me hacía compañía; lo único que faltaba era que me hablara pero eso no lo podía hacer. Como dije, había encontrado plumas, tinta y papel, que administré con suma prudencia y puedo demostrar que mientras duró la tinta, apunté las cosas con exactitud. Mas cuando se me acabó, no pude seguir haciéndolo, pues no conseguí producirla de ningún modo.
Naúfrago (te llamaré Wilson)
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