Recordar África con Isak Dinesen
Por:Winston Manrique Sabogal16/08/2010
"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El Ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías".
Con estas palabras empieza a evocar Isak Dinesen su vida en el libro Memorias de África (1937)(también editado como Lejos de África, más ajustado al título original). Una larga estancia en Kenia que le sirvió para descubrir aquel continente y descubrírselo a gran parte de Europa a través de sus escritos. En sus páginas reposan los sentimientos y emociones que le despertaron el continente físico y humano, dando como resultado una obra cuyas palabras parecen haber sido guardadas como se guarda una hoja o una flor dentro de un cuaderno o un libro. Unas tierras y una cultura con las que vivió un romance de verano exaltado por el amor que vivió junto a Denys Finch-Hatton. Pero por encima de todo eso el aire, el viento y el paisaje del trópico africano. Allí, como en el trópico de Cáncer y Capricornio que rodean la cintura del planeta, son los dominios del verano perpetuo, aunque dependiendo de la altitud en que se esté el clima varía. La baronesa Karen Blixen, nombre verdadero de Dinesen (Dinamarca, 1885-1962), lo descubrió, tras abandonar su vida acomodada en Dinamarca, y así lo plasma en Memorias de África. En su granja el tiempo predominante era el de una primavera que se adentra en el verano, donde el viento suave se refugia entre cafetales y bosques. Pero basta descender de la montaña unos pocos kilómetros para toparse con las tierras cálidas donde se descubre por qué a lo que hay encima de la tierra se le llama Cúpula celeste. La naturaleza en todo el esplendor africano de colores, vivacidad y movimiento. Con este recorrido por África, Papeles perdidos abre una nueva semana de Veranos literarios, en su particular homenaje a diversos elementos del periodo estival según han quedado registrados en la l.iteratura. Mejor dejemos que sea ella, la baronesa, la que nos guíe y nos siga transmitiendo sus emociones y asombro:
"La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y sus forma daba a los altos ábroles solitarios un parecido con las palmeras, un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero brivase ligeramente. (...) Todas las flores que encontrabas en las praderas o entre las trepadoras y lianas de los bosques nativos eran diminutas, como flores de dunas; tan solo en el mismísimo principio de las lluvias crecía un cierto número de grandes y pesados lirios muy olorosos. Las panorámicas eran inmensamente vacías. Todo lo que se veía estaba hecho para la grandeza y la libertad, y poseía una inigualable belleza.
La principal característica del paisaje y de tu vida en él era el aire. Al recordar una estancia en las tierras altas africanas te impresiona el sentimiento de haber vivido durante un tiempo en el aire. Lo habitual era que el cielo tuviera un color azul pálido o violeta, con una profusión de nubes poderosas, ingrávidas, siempre cambiantes, encumbradas y flotantes, pero también tenía un vigor azulado, y a corta distancia coloreaba con un azul intenso y fresco las cadenas de colinas y los bosques. (...)
En los safaris había visto una manada de búfalos, ciento veintinueve, que emergían de la niebla matinal bajo un cielo cobrizo, de uno en uno, (...) vi a una manada de elefantes que viajaba por el espeso bosque nativo, donde la luz solar se derrama entre las espesas trepadoras formando manchitas y franjas, y que caminaban pausadamente como si tuvieran una cita al fin del mundo. (...)
Debo a Denys Finch-Hatton el mayor, el más delicioso placer de mi vida en la granja: volar con él sobre África. (...) Cuando vuelas sobre las tierras africanas tienes unas vistas tremendas, sorprendentes combinaciones y cambios de luz y de color, el arco iris sobre la tierra verde iluminada por el sol, las gigantescas nubes verticales y las grandes y salvajes tormentas negras, que te rodeaban a toda velocidad corriendo y danzando. El lenguaje se queda corto para expresar la experiencia de volar y tienes que terminar inventando nuevas palabras".
Memorias de África, de Isak Dinesen, de la traducción de Barbara McShane y Javier Alfaya.
Imágenes. Fotográmas de la película Memorias de África, de Sydney Pollack, protagonizada por Meryl Steep y Robert Redford.
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Naturalmente, si se nace en el seno de una aristocrática familia danesa en 1885, si su sensibilidad la anima a estudiar literatura en Oxford y arte en Roma, París y Copenhague, si decide casarse con su primo el barón Bror Blixen-Finecke y si finalmente el barón y la baronesa deciden trasladar su residencia a las colonias británicas de África oriental (actualmente Kenia), en donde deciden dedicarse al cultivo y comercialización del café, resulta evidente que estamos hablando de alguien que se sale de la norma.
Tal es el caso de Karen Blixen, nombre real de quien decidiría firmar sus obras literarias con distintos seudónimos, de los que el más popular fue sin duda el de
Isak Dinesen, nombre con el que publicó su primer libro, Siete cuentos góticos (1934), escrito en inglés y con el que consiguió fama mundial. Tres años más tarde, en 1937, publicaría Memorias de África, un conjunto de recuerdos de la larga etapa en Kenia y en el que con su sutil y elegante prosa, su impecable sentido del humor y su fascinación por la sencillez del estilo de vida que descubrió en África no puede evitar la melancolía que le produce abandonar un paisaje inolvidable en el que además conoció y vivió el gran amor de su vida con el oficial y cazador británico Denys Finch Hatton.
Se ha indicado que Out of Africa destaca por la melancolía y el estilo elegíaco
Memorias de África, fue adaptada al cine por Sidney Pollack, (1985)consiguiendo también un gran éxito de taquilla, lo que estimuló de nuevo la popularidad de la escritora
“La principal característica del paisaje y de tu vida en él, era el aire. Al recordar una estancia en las tierras altas africanas te impresiona el sentimiento de haber vivido durante un tiempo en el aire. Lo habitual era que el cielo tuviera un color azul pálido o violeta, con una profusión de nubes poderosas, ingrávidas, siempre cambiantes, encumbradas y flotantes, pero también tenía un vigor azulado, y a corta distancia coloreaba con un azul intenso y fresco las cadenas de colinas y los bosques. A mediodía el aire estaba vivo sobre la tierra, como una llama; centelleaba, se ondulaba y brillaba como agua fluyendo, reflejaba y duplicaba todos los objetos, creando una gran Fata Morgana. Allí arriba respirabas a gusto y absorbías seguridad vital y ligereza de corazón. En las tierras altas te despertabas por la mañana y pensabas: Estoy donde debo estar”.*

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